‘Simbiosis e interdependencia como causantes del COVID-19’ por José Manuel Bobadilla

¿Hay algún culpable del COVID-19 y su propagación? Si se da una respuesta a esta pregunta desde premisas individualistas, se dirá que el culpable es una persona que un día en China comió un plato que, estando mal cocinado, terminó por infectarlo; desde ese momento todas las responsabilidades y acusaciones se dirigen al individuo. Éste, que en las sociedades neoliberales es el centro de todo, será el culpable y responsable tanto de la infección como de la propagación. Exceptuando la recuperación que siempre será gracias al poder de las naciones con la ayuda de las personas.

Si abordamos la misma pregunta pero desde una óptica cultural, el responsable no será un individuo, sino una cultura, en este caso la China. La definición del COVID-19 como “el virus Chino” por parte de algunos partidos políticos y presidentes de Estado, deja patente una visión del mundo en el que el origen cultural es el mal de todos los males; la culturalización de los virus, que nada saben de etnias ni culturas, muestran más que nunca, las fronteras que la especie humana se ha puesto a sí misma.

La búsqueda de un culpable también indica que la humanidad no comprende, o no quiere comprender que, en la vida y en sus procesos, no hay una razón, no hay un culpable y, por lo tanto, los males, los estragos e incluso la muerte, son fenómenos propios de la vida. Con esto no se intenta relativizar la pandemia, sino señalar que la vida no está regida por las reglas humanas, que no tiene ni sentido ni orientación, sino que es absoluta.  La vida absoluta o el absoluto universal, como diría Bakunin o la Dimensión Absoluta de Corbí, “abarca la totalidad infinita de los mundos y de los seres” (Bakunin, 2014; 119) y, por lo tanto, hay que asumir que esta pandemia es la vida.

Por último, y antes de intentar responder a la pregunta planteada con anterioridad desde otras ópticas, hay que remarcar que el virus no ha pasado de un animal a una persona, sino de un animal a otro animal. Esta perspectiva zoonótica genera una visión sesgada de la comprensión de la especie humana en la tierra; sustenta, sin saberlo, una definición de “lo humano” como extranatural, concibe que la especie humana es diferente al resto de animales, si no ¿por qué se sigue diciendo desde ministerios de sanidad que el virus pasa de animales a personas? ¿qué concepción de “lo humano” tiene la propia humanidad? También, esta perspectiva ayuda a generar discursos donde el humano es antinatural y, por lo tanto, la tierra, el planeta, la pacha mama u otra entidad dotada de una ontología heterónoma y con voluntad propia, se está vengando de las acciones humanas.

Pero ¿qué sucedería si se ofrece una respuesta desde concepciones no individualistas y poniendo en valor la idea de que la especie humana no es “nadie” venido a este mundo sino un proceso de los mundos?

Si se pone en valor que la especie humana o el ser humano no es nadie venido a este mundo, sino que es un proceso más, hay que asumir que la especie humana es un animal que, nacido en la Tierra, forma parte de lo que anteriormente se definió como lo absoluto universal o dimensión absoluta. Esta concepción de la especie humana será imprescindible para afrontar nuevas formas de entender la relación de ésta con el entorno, sobre todo en lo relativo a su fragilidad animal. Hay que asumir que la especie humana también puede extinguirse y que eso, a la vida, le da igual, no es que la vida vaya en contra del humano, sino que ésta, no tiene voluntad. Por otra parte, aceptar que la especie humana no es nada aparte de la vida, sino que es la vida misma, evita caer en concepciones donde la naturaleza va en contra de lo humano y en suposiciones donde, sin el humano, el mundo iría mejor. Eso es algo que nunca podremos saber, ya que, mejor o peor, son concepciones humanas.

Partiendo ahora desde la premisa donde la especie humana es una especie animal más, hay que preguntarse ¿es correcto decir que el virus ha pasado de animales a personas? Esta pregunta está planteada desde una antropología donde la persona es diferente del animal, una premisa ilustrada que defiende la idea de que el humano es un ser dotado de racionalidad, concepción que acentúa la idea de que esta racionalidad y la naturaleza son polos opuestos y que la especie humana y el resto de animales son, ontológicamente, diferentes. Por lo tanto, realizar esa pregunta desde la premisa ilustrada es incorrecto; en cambio, una antropología que entiende lo humano desde su pura animalidad –sin connotaciones negativas– y que plantea que no existe tal oposición entre su especie, el resto de especies y lo natural, esbozaría la pregunta desde una realidad animal a la realidad de otro animal. Esta cuestión refuerza la asimilación de que la especie humana no es nadie venido a este mundo, sino un proceso más de este absoluto universal o dimensión absoluta.

¿Qué se puede extraer de esta concepción? Que el COVID-19 no es producto de una persona, sino fruto o resultado –no culpa– de la simbiosis y de la interdependencia. Como todo animal, el animal-humano debe, para su supervivencia, alimentarse; a diferencia de otros animales, la especie humana construye relaciones culturales con la comida y, lo que se considera alimento en un contexto cultural determinado, puede no serlo en otros contextos. Este hecho no puede devenir en supremacías culturales o en un racismo cultural que dictamine lo que es comida y lo que no lo es, o lo que es natural o no. De ser así se volvería a una antropología que afirme que existen culturas más naturales que otras, y esto no puede ser así, ya que, en relación a esa idea de lo “natural”, se han constituido jerarquías sociales que nada bueno han aportado a la humanidad. La denominación del COVID-19 como “virus chino” ha dejado tras de sí innumerables actos racistas, se ha “desnaturalizado” su cultura y se ha vinculado a una etnia con una enfermedad. Las concepciones culturales son meras formas de modelar nuestras relaciones, no hay una verdad o una realidad mejor que otra, hay que comprender que existen tantas modelaciones como culturas y que en la diversidad está la riqueza de la humanidad.

Como puede verse, la simbiosis, y no la cultura o la etnia, es la verdadera causante del virus. A pesar del dolor que sentimos ante tanta víctima inocente y de nuestra indignación y rabia, no puede catalogarse la simbiosis como positiva o negativa, ya que la simbiosis con toda la biosfera es consecuencia directa de ser un proceso de los mundos. Ligada a esta simbiosis tenemos la interdependencia. Debido a esta crisis sanitaria la idea de la interdependencia se ha hecho más real que nunca. A partir de ahora, la especie humana deberá pensarse en una interdependencia global. Un suceso que ha acontecido en una capital de provincia de China, ha colapsado a toda la humanidad. Las sociedades actuales están, ellas mismas, en total interdependencia.

La globalización y la circulación de personas a gran escala obligan a repensar la concepción del mundo e incluso las formas de relacionarnos y, en relación a esta última cuestión, la tecnología puede ayudar. Después de esta crisis hay que poner en valor las formas de conexión digital ya que, a forma de ejemplo: (1) disminuyen el riesgo de futuros contagios, (2) disminuye el número de desplazamientos, (3) disminuye el uso de combustibles fósiles y (4) ayuda a reducir la contaminación.

*José Manuel Bobadilla és sociòleg i responsable de programa d’AUDIR.

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